Relatos y otros escritos

pluma

Escribir lo ha sido todo para mí. Primero, fue un descubrimiento. Sujeté el bolígrafo con la mano y empecé a usar palabras para dar forma a lo que pensaba y reflejar lo que había a mi alrededor. En el colegio, me encantaba que me mandaran redacciones y colaboré con el periódico del centro. Después, una necesidad. A mi mente acudían ráfagas de inspiración —”flashazos”, los llamaba— y tenía que plasmarlas rápidamente sobre el papel si no quería olvidarlas para siempre.La euforia me invadía mientras llenaba aquella superficie blanca y terminaba feliz y satisfecha.

Pero cuando comencé a estudiar periodismo, la escritura se convirtió en una verdadera tortura. Me prohibieron emplear un lenguaje literario. Nada de palabras rimbombantes, ni polisémicas, ni de crear aliteraciones, metáforas o metonimias. Correctos, claros y concisos. Así debían ser mis textos. Esas tres C me atormentaban, me sentía castrada, oprimida. No entendía porqué no podía usas esas maravillosas frases subordinadas que sabes cuándo empiezan, pero no cuándo van a terminar ni de qué modo.

A pesar de todo, en ciertas ocasiones mi cerebro volvía a hacer “clic” y el “flashazo” me sorprendía de nuevo. Esos momentos de iluminación llegaban sobre todo al contemplar o escuchar una obra de arte. Creo que es por eso que me atrapan los museos y la música. Son el fruto de las musas y, como los hijos que se parecen a sus padres, han heredado la cualidad de inspirar.

Las palabras tenían y siguen teniendo para mí una magia especial, una musicalidad que me arrolla en un torbellino de sensaciones e ideas. Por esa razón sigo escribiendo y hoy os dedico este breve relato.

OBSESIÓN

Elsa se despertó sobresaltada al sentir en la nuca su penetrante mirada. No se atrevía a girarse, así que fingió estar dormida. Intentó acompasar la respiración, hacerla lenta y profunda; pero cuando oyó el crujir del somier, se precipitó a salir de la cama. Una veloz carrera hasta la puerta, sin obstáculos, le hizo recapacitar.

Cuando pulsó el interruptor, la mortecina luz de su lámpara de cristal le confirmó que estaba sola. Respiró aliviada y apoyó la cabeza en la puerta. El áspero y frío contacto terminó de tranquilizarla. No entendía nada. ¿Era un sueño, una alucinación? ¿Por qué su mente le jugaba esta mala pasada? Gustav Mahler le ayudaría a aclarar las ideas. Le dio al play y el adagietto número 5 la envolvió con su delicada armonía.

miradas-amor

Todo había empezado hace unos días, cuando conoció a ese misterioso joven. Estaba escuchando una de sus canciones favoritas, sentada en una de las mullidas butacas del «instrumental club». Él se sentó frente a ella y sus miradas se cruzaron. Ella apartó la vista y al volver a mirar, ya no estaba. Cuando se acercó a la barra para pagar su consumición, el chico la esperaba en uno de los taburetes. Le preguntó si podía invitarla a algo y Elsa le respondió que no aceptaba nada de un desconocido. «El hombre no actúa de manera altruista. O intentas drogarme o quieres algo de mí.» Él le contestó con un pícaro «Me has pillado».

Su desaliñado atuendo no enmascaraba su atractivo. Lo más impactante del rostro, perfectamente trazado, eran esos grandes ojos negros, intensos e intimidantes. Desconocía su nombre. Él no había querido decírselo, pero a cambio le regaló el libro que ahora reposaba sobre el escritorio. Mentes Perversas, un título propio de esas novelas que llenan las estanterías de los centros comerciales. «Si lo lees, podrás encontrarme de nuevo.» Elsa se resistía abrirlo. Tanta intriga le molestaba. Estaba acostumbrada a que los pacientes le revelaran su vida, tras los estímulos adecuados, por supuesto.

Al otro lado de las cortinas, el cielo aún conservaba parte de su oscuro tinte. Elsa suspiró. Tenía un largo fin de semana por delante y muy pocos planes. Natalia, su «camarada teatral», había cogido un tren rumbo a Barcelona la noche anterior, para ver a unos amigos que actuaban en el Teatre LLiure de Montjuïc. Se estiró para sacudirse la envidia y entró a la cocina a prepararse el desayuno. Agridulce, amargo, dulce y salado…Todos los sabores concentrados en una sola comida, la mejor del día.

Ya de mejor humor, llenó la bañera con agua y jabón. Ya que tenía tiempo, tomaría un baño relajante. Reguló las luces para crear un ambiente acogedor y se decidió a leer el tomo azul con el que la había obsequiado aquel extraño. Se sumergió lentamente en la blanca y cálida espuma. Sus rizos se deshicieron y se expandieron sobre su espalda como una mancha de fuel. Sus poros se dilataban y las dudas que le quedaban se disiparon.

Se incorporó para secarse las manos y abrió el libro. «Para los que saben del poder destructor de la mente». Vaya frasecita…espero que lo siguiente sea mejor. «La mente es la causante de todo lo que sentimos. En el ámbito amoroso, puede provocar deseo, enamoramiento, celos y obsesión.» Elsa frunció el ceño. No creía en las coincidencias. Había tratado ese mismo asunto semanas atrás, en la última conferencia que impartió en la Universidad. «Procesos mentales de la obsesión». Aquel hombre debía ser uno de los asistentes. Cerró el libro contrariada. ¿Qué se proponía aquel individuo? De repente, reparó en la marca que había en el lomo. Era una pluma dentro de una taza de café.

El vago rumor de los rezagados se apagaba a medida que avanzaba la ponencia. Miguel prestaba mucha atención a las palabras de la conferenciante, la psiquiatra Elsa Martínez, que enfatizaba sus explicaciones con la gracia de un director de orquesta. «Los trastornos obsesivos se manifiestan de manera diferente, según el carácter de la persona. Sin embargo, hallamos un factor común, y es que el individuo camuflará sus impulsos, intentando que su pareja los vea como un símbolo de su amor o deseo. Encontramos también otros indicios, menos frecuentes, como…». Miguel ya no escuchaba lo que decía. Su mente estaba colapsada por esa bella mujer de voz y movimientos seductores.

Media hora después, el presentador agradeció a la doctora su intervención y el auditorio irrumpió en un caluroso aplauso. Miguel se escabulló hacia la puerta y se sentó en una de las ventanas, aguardando que saliera la ponente. Fueron los diez minutos más largos de su vida y eso que, como becario de investigación, había estado en interminables reuniones de departamento.

La elegante invitada, enfundada en un traje de chaqueta negro bajo el que destacaba una delicada blusa burdeos, hablaba animadamente con el catedrático de psicología. Le comentaba entusiasmada que había una librería-cafetería, «Café con pluma», especializada en ciencias sociales y humanas. Sí, sí, allí tenían muy buenos tomos sobre los trastornos y los sábados por la noche tocaban música en directo. Miguel los vio desaparecer en comitiva por la puerta principal y se consoló con la idea de que podría encontrarla en aquel café.

Llegó el sábado y Elsa no apareció por la librería. ¿Qué podía hacer? Se quedó mirando los carteles de la estantería. Sus pensamientos se aceleraban con el frenético ritmo de la música. Sociología, psicología, psiquiatría… psicopatología. ¿Sería posible conquistarla con uno de esos libros? Podía encontrársela de manera “casual” y regalárselo…Ya pensaría qué decirle. Pero ¿cómo daría con ella? Tras unos minutos de reflexión, le vino a la cabeza. Miguel no quería recurrir a ello, pero no podía arriesgarse a no volverla a ver.

Ese lunes entró en los ficheros del departamento y buscó su dirección. Vaya, no vivía muy lejos de él. Calle Antonio Machado, en el distrito de Moncloa. ¿Sería una de esas casas de dos plantas que dan al parque de la Dehesa? Estuvo varias noches deambulando por la zona hasta que un día la vio entrar en el «instrumental club». ¿Debía seguirla? Los vaqueros y las zapatillas deportivas no eran habituales en ese sofisticado pub. Seguramente no le dirían nada, pero temía llamar la atención. Abrió la puerta confiando en la oscuridad del local y en el libro que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta.

Faltaban dos horas para el concierto y Elsa no sabía qué hacer. Se había pasado todo el día pensando en él. Sin duda, aquel extraño chico trataba de impresionarla y parecía que lo había logrado. Abrió el armario y se quedó plantada frente a su reflejo. Se desabrochó la bata de seda y contempló su desnudez. ¿Por qué se habría fijado en ella? Nada en su cuerpo era voluptuoso. En fin, puede que el instinto físico no sea lo único que mueve a los hombres o tal vez, éste sea diferente.

Cuando Elsa llegó a la librería, Miguel ya estaba allí. Levantó el libro en señal de saludo y él le sonrió, antes de apuntar a la silla vacía que había a su lado. Elsa se aproximó; se sentía un poco cohibida, pero esta vez no le apartaría la mirada. Decidió tomar la iniciativa.

—Volvemos a vernos. ¿Fue un poco arriesgado pensar que reconocería el emblema del café en el lomo del libro, no crees?
—Bueno, después de que rechazaras mi copa envenenada, sólo me quedaba este recurso.

Elsa lo miraba llena de curiosidad, apenas podía disimular su asombro.

—Ya veo. ¿Cómo supiste lo de la librería?
—Escuché cómo se lo comentabas al catedrático de Psicología. ¿Es todo, mi querida Sherlock?
—No. ¿Qué me dices del «instrumental club»?

Miguel se recostó en el respaldo de la silla para contemplar a Elsa. Le quedaba tan bien esa mirada inquisitiva…

—Da la casualidad de que vivo por la zona. Había estado en el parque leyendo y volvía de camino a casa cuando te vi. El día de la conferencia me cautivaste. El sábado siguiente me acerqué a la librería por ver si te encontraba. No estabas, pero vi los libros y me compré uno que trataba sobre trastornos obsesivos. Cuando te reconocí delante del «instrumental club», aunque soy bastante escéptico, pensé que era cosa del destino.

Tras esta explicación, Elsa se relajó ostensiblemente.

—Bueno, ya que la divina providencia nos ha reunido, no me seguirás negando tu nombre, ¿verdad?
—Puedes llamarme Michael, Mike, Mijaíl o Miguel, lo que prefieras.
—Hmm…Me gusta Mijaíl, pero tienes más cara de Miguel.
—Si tú lo dices…

Estuvieron hablando toda la noche. A la atracción inicial se sumaron una serie de intereses comunes. A los dos les encantaba prever las reacciones de la gente y ponían a los demás en situaciones incómodas para ver cómo salían de ellas. Además, ambos amaban la música instrumental, aunque por la poca atención que prestaron esa noche a los acordes que pulsaban los intérpretes, nadie lo hubiera creído. Cada vez se acercaban más y terminaron por susurrarse al oído. Un satisfecho aplauso se elevó desde el público y el propietario del local encendió las luces para anunciar el cierre.

Debían apresurarse si querían coger el último metro. Bajaron corriendo las escaleras y se introdujeron en el vagón, jaleados por los insistentes pitidos de la puerta. Allí dentro no cabía un alfiler y tuvieron que apretarse. Con los ojos sumidos en los del otro, permanecían ajenos a los bruscos movimientos del conductor y a los empujones de los viajeros que intentaban bajarse. En 15 minutos llegarían a Moncloa y tendrían que despedirse. ¿Tenían que hacerlo?

El gélido aliento de la noche los devolvió a la realidad.

—Me lo he pasado muy bien. ¿Te gustaría que nos volviéramos a ver?
—Claro. ¿Quieres que te acompañe a casa?
—No hace falta –dijo sin convicción–.Vivo a cinco minutos de aquí.
—Yo a diez. No me cuesta nada, de verdad.
—Como quieras.

Caminaron lentamente hasta la verja que bordeaba el jardín de Elsa. Antes de que pudiera abrir la boca, Miguel se la selló con un sentido beso. Ella lo miraba resentida. Iba a disculparse cuando le espetó: « ¿Por qué has parado?». El siguiente ataque, de una ferocidad recíproca, los llevó hasta el vestíbulo entre los quejidos de los setos con que chocaban.

Elsa le dio la mano y lo condujo hasta la habitación, donde el cuello fue la siguiente víctima. Cayeron sobre la cama enzarzados en el estrecho y apremiante forcejeo por quitarse la ropa. Los intensos ojos de él dibujaban la trayectoria que segundos después seguirían sus manos sobre el cuerpo de ella. Su respiración agitada se interrumpía con el gemido provocado por el preciso mordisco de su cazador. La había estado acechando todo ese tiempo y al fin la tenía en sus redes, se decía mientras contemplaba sus sugerentes contornos.

Elsa aprovechó ese momento para abalanzarse sobre él. Lo pilló desprevenido y no pudo más que dejarse vencer. A medida que ella ascendía por sus piernas, él sentía cómo se le erizaba el vello y las ganas de fundirse con ella se hacían irrefrenables. En cuanto los ojos de ella estuvieron a la altura de su cara, clavó en ellos sus negras pupilas, al tiempo que atravesaba la estrecha senda que les convertía en un solo ser. Y así se quedaron unos instantes, sin moverse un centímetro, contemplándose. Miguel le apartó el pelo de la cara y Elsa le sonrió y le devolvió su osado primer beso. Un nuevo vínculo que se prolongó en un constante cese y avance de posiciones. Un estremecimiento empezó a recorrer sus cuerpos, tensados por el esfuerzo, y se dejaron arrollar por el torrente de placer, que se deshizo en un coro de voces.

Elsa se despertó con la misma sensación que el día anterior, volvía a notar esos ojos penetrantes, apuntándole directamente a la yugular. Tenía que dejar de pensar en él. Se estaba convirtiendo en una de esas obsesiones que tan acostumbrada está a tratar. De repente, escuchó el crujido de la cama. Se quedó paralizada, reprimiendo el impulso de echar a correr. Ya está bien, si no te enfrentas a tus fantasías, no desaparecerán nunca. Respiró hondo y se dio la vuelta. Y allí estaba, esa mirada que tanto la trastornaba días atrás, era ahora real. Miguel la besó y la estrechó entre sus brazos para que se volviera a dormir.

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